Katherine no conoce la vergüenza, la desidia, el decoro, la mojigatería y el achante

lunes, 30 de noviembre de 2009

Los besos apasionados

Nací en 1984. A cualquier persona eso podría parecerle una pendejada, pero no a mí. Haber nacido en 1984, en el 2009, no puede más que significar que he vivido en dos milenios distintos, tres décadas diferentes y cuando nací no se hablaba de calentamiento global.

Aún con ese montón de años encima, ad portas de verme ridícula por el sólo hecho de ser soltera, tengo que aceptar que me encantan los besos, especialmente los apasionados. Menos mal no me dio, en ese desespero de dejar atrás a mi propio Chávez, por irme a vivir a Medellín, no fuera yo a terminar en un conjunto cerrado donde los prohibieran a punta de carteles amenazantes donde me recordaran la moral de Santa Catalina Labouré.

Darse un buen beso apasionado, sin embargo, no es una vaina con la que todos los seres humanos fueron dotados. Para infortunio de muchos, el arte de mover los labios, la lengua y saber qué hacer con las manos, no le llegó a todos con gracia musical; a la gran masa de seres humanos del planeta les tocó dar besos de manera tradicional, besos que van a ser fácilmente olvidados.

Yo no soy una de esas (tampoco soy una de esas personas que nació para ser modesta). Estoy completamente segura que soy una excelente besadora, aunque no puedo asegurar que sea la más experimentada.

La primera vez que di un beso estaba ya bastante grande. Tenía 17 años y estaba, para sorpresa de muchos, con blusa ombliguera en una novillada. Había un sujeto, menor que yo, que me gustaba mucho. Entre baile y baile decidí dejar la bobada a un lado y le di su beso. Fue el primero y también la última vez que me dejé ver de él.

Ese beso lo recuerdo con especial cariño, porque es uno de los pocos que no he disfrutado. El chino, a diferencia mía, no era uno de los afortunados. Su boca era de las más comunes que he conocido en mi vida, además que no supo aprovechar mi entonces cabello liso y largo, ni tampoco las sandalias de tacón que estaba usando yo ese día.

Para la gente del común, la gran masa de besadores regulares, va este blogazo. Es una invitación a la resignación: si no nacieron con el don, seguramente no lo van a lograr a lo largo de sus vidas. No les voy a decir que practiquen, que se esmeren, que lo intenten, porque no tiene ningún sentido.

Pueden ustedes, que no serán afortunados salivarmente, dedicar los años que vienen a hacerle la vida imposible a personas como yo en bares, discotecas, restaurantes y conjuntos cerrados, separando los labios a diestra y siniestra.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Videocumpleañeando

Pasadas las nueve de la noche, Andrés y Lula (a quienes llamaremos Los Rodrango) me recogieron en la casa para ir a comer. Ellos fueron los primeros en darse cuenta, a tres horas de terminado mi cumpleaños, de la indignación que me causó la falta de una voz de felicitación de algunos de mi más queridos amigos.

Les prometí que escribiría un blogazo de odio profundo por aquellos a quienes se les olvidó. Les diría punto a punto cómo me parecií a de dolorosamente irresponsable que no se hubieran tomado el trabajo de gastarse 40 segundos de su día para felicitarme. Pero fue entonces cuando recibí el regalo de Lula. Me hizo un video que aquí pongo a disposición de ustedes, con algunos de esos personajes que no fueron capaces de llamarme y por quienes estaba sintiendo yo un rencor de cumpleañera caprichosa.

Los adoro, los amo, los extraño todos los días. Si por mí fuera, los tendría muy cerca de mi casa siempre, para invitarlos a tomar tinto y hablar cháchara en las noches. Son ustedes los que me dan motivos para camellarle a la inteligencia todos los días.

PD: sería una verdadera pendejada de mi parte ponerme a hablar más sobre un video que sólo pudo dejarme SIN PALABRAS. (WC, su voz me llevó a El Aguacate).

video

lunes, 23 de noviembre de 2009

Mi propio Chávez

Un día en el que decidí volverme su Presidente. Crónica de una relación poco diplomática.


Uno piensa que los improperios del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, no le van a tocar sino a través de los micrófonos, hasta que decide cambiarse de casa, irse a vivir al primer piso de un edificio de tres, que tiene patio central al que todos los vecinos tienen acceso a través de ventanas sin reja.

Es entonces cuando uno se convierte en el presidente Álvaro Uribe, el labrador de diez meses, en el acuerdo militar con Estados Unidos y la mejor amiga, en el canciller Jaime Bermúdez.

Los vecinos del segundo piso, del apartamento más grande de ese nivel, son indiscutiblemente Venezuela. La bebé de 11 meses de nacida es el armamento ruso, su madre es Chávez y el esposo, una mezcla entre Nicolás Maduro y Ramón Carrizales.
Las dos chicas del apartamento más pequeño son algo entre Bolivia y Perú, a ratos un poco más costeñas, pero siempre igual de ruidosas.

El tercer piso, por otro lado, es Ecuador. Con un solo apartamento, a ratos se ponen de lado de Chávez (la mamá del armamento ruso) y a ratos de Uribe (yo). La crisis con ellos, sin embargo, ya pasó por su peor momento y ya estamos a punto de reabrir embajadas: les prometimos no volver a bombardearlos por “error” (incursiones intempestivas del perro mojado a su casa) y ellos ya no quieren capturar a nuestros funcionarios (mis ex, el novio de mi Canciller).

La crisis con Venezuela, sin embargo, está en su peor momento. Me dicen todos los días, a través del dueño del edificio (Unasur) que si quiero restablecer las relaciones con ellos, debo desistir del acuerdo militar (mi perro), porque lo consideran una amenaza contra su territorio.

Yo, con mi terquedad característica, me niego a hacerlo, y les digo que es lo mismo que si yo les pidiera que desistieran del armamento ruso (su hija), porque me parece que en cualquier momento me van a causar problemas (llanto a media noche, gritos caprichosos temprano en la mañana, necesidades alimenticias no calmadas a cualquier hora del día).

A diferencia del Chávez original, mis bolivarianos ya pasaron de la guerra fría, a la frentera: en vista de que no he desistido del acuerdo militar, ahora pretenden envenenarlo: le tiran pedazos de carne, de chorizo, botones, monedas viejas.

Yo me niego a pelear. Le he dicho a mi Bermúdez que no diga nada en público; después de múltiples reuniones a la madrugada para fraguar cuál va a ser la estrategia a seguir, para proteger nuestro acuerdo militar, que desde ya, aunque es tan joven, nos ha salvado en esta lucha antidrogas (ladrones del sector), decidimos que la salida más diplomática con el país vecino será la evasión.

A diferencia de la Colombia original, Bermúdez y yo hemos decidido que es el momento de dejar la pelea y trasladar nuestra sede a otra, donde seamos mucho más felices y no tengamos que cohibirle la mordida al acuerdo con los gringos. La nueva morada, lejos de Chávez, augura ser un lugar radiante, lejos de las injurias del bolivariano, con el que nunca he podido tener decentes diálogos diplomáticos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Ir a un motel en Bogotá


Este blogazo decidí escribirlo después de una noche de tertulia con una amiga que llamaremos 'Ana Lucía'. Lo escribí en primera persona a petición suya.

Compartir ascensor nunca había sido tan absolutamente desagradable.

No soy ni sería jamás una acérrima visitante de moteles. No podría serlo por una sencilla razón, y es que vivo sola desde hace rato, lo que necesariamente convierte a mi casa en el lugar por excelencia para consumar el acto.

Pero me llegaron dos experiencias al tiempo, la de ser amante (que dará para otro tema) y la de ir a un motel bogotano, al mismo tiempo.

Sin más avatares, el coqueteo que habíamos llevado durante todo el día y la semana, se convirtió en una invitación, de mi parte, a buscar el inconfundible “lugar más privado”. Él, por inercia tal vez, me dijo que conocía un sitio y nos dispusimos a ir. Gracias al pico y placa, tuvimos que tomar un bien sabido y genérico taxi y llegar al que sería nuestro aposento, prácticamente caminando.

Llegar como ciudadana de a pie no me generó mayores traumatismos. En últimas, caminar por la calle y meterse a un sitio con apariencia de hostal no debería generar contusiones.

Mi problema fue que el recepcionista se atrevió a mirarme a la cara y a saludarme con una sonrisa… ¡cómo se atreve!, pensé; ¿acaso no se da cuenta que podríamos ser vecinos, conocidos, incluso amigos?. Respondí a su amable saludo con una mirada de pánico, recordando con nostalgia a los prudentes vigilantes de moteles en Armenia y Cali, que esconden la mirada aunque uno la busque con insistencia.

Después de aclarar los detalles sobre el tamaño de la habitación, los accesorios y la música, caí en cuenta que estaba ante una propiedad horizontal, lo que significaba que había que compartir el modo de ascenso a la morada.

Una suerte de botones nos llevó hasta el ascensor, y enhorabuena que nos ha tocado compartirlo con otra pareja, tal vez más experimentada que yo porque no tenían mi cara de absoluto desagrado.

Imaginen la escena. El ascensor va subiendo lentamente, minuto a minuto, piso a piso. Los deseos de desfogar ánimos sexuales pululan en el ambiente, somos cuatro personas que bien podríamos ser conocidos, ser incluso las parejas legales de los otros, compartiendo un ascensor hacia un cuarto de motel.

El control

La encargada del piso nos llevó hasta la habitación indicada. En lugar de repetir la escena de las películas rosa, donde los atractivos protagonistas entran quitándose la ropa y tropezando con los muebles, la situación se vio más o menos como una película de suspenso.

Entré al cuarto explorando todo. El tamaño de los jabones, es igual que en Bucaramanga; las toallas son tan suaves como en Cali; el jacuzzi es un poco más grande que el de la última vez. Sin embargo encuentro con asombro un detalle inédito para mí: el control remoto está pegado a la pared. ¿Confían tan poco en mí que lo pegan con cemento?, pensé, sin adivinar que la parte estética y la confianza, serían nada comparadas con la incomodidad que genera estar acostado y cambiar el canal, como si se tratara de un interruptor eléctrico.

Luego vino la siguiente muestra de falta de cordialidad. No había yo logrado ponerme cómoda cuando la señorita que nos ubicó, también mirando con insistencia mi rostro, nos pasó la cuenta de cobro, y fue el momento fatal en que mi madre me vino al recuerdo, diciendo con todo y su voz de progenitora: “sólo el bus se paga por adelantado”.

martes, 17 de noviembre de 2009

Felizmente chiviada


Contrario a lo que podría esperarse, no amanecí felizmente chiviada hoy por el tema del certamen nacional de la belleza. Lula llegó a la una de la mañana de su regular turno de trabajo de los domingos cada quince días, y me dijo quién había ganado el reinado.

Yo, medio dormida, sentí que no había escuchado nada y me hice la loca con el tema. Sin embargo, mi bandeja de entrada hoy me recibió con un mensaje totalmente inesperado, por parte de una de mis lectoras, en el que me informaba debidamente del tema, y me anunciaba que Bolívar, como todos esperaban, era la ganadora del concurso.

Yo ya lo sabía, no sólo por el anuncio de Lula, sino también por la portada de El Tiempo que vi mientras desayunaba. La nueva "cabezona" de la belleza aparecía con un vestido morado, muy sonriente, recibiendo la corona de manos de la pelicortica Michelle Rouillard, quien se veía realmente enana ante dos metros Navarro.

La Señorita Valle, como era caderosamente predecible, no quedó de nada. Contrario a lo que yo esperaba, en defensa de todas las caderonas del país, Valle no se puso un vestido pegado, que le dejara ver la cola en todo su esplendor, y prefirió algo holgado, para disimular su gordurita. Ya decidí que no voy a entutelar a nadie para entrar a ese concurso, no vaya a ser que salga acomplejada.

El tema de hoy, por otro lado, no girará en torno a las medidas de las reinas, sino a los cerebros que tienen. Hemos tenido no pocas discusiones con Lula sobre los niveles de conocimiento que debe manejar una reina y siempre llegamos a la misma conclusión, después de dar un viaje por todas las opciones: no deberían preguntarles nada.

No tiene sentido que les hagan preguntas que finalmente ellas responderán de manera deficiente. Y no deberían hacerlo porque están en un certamen de belleza, no en examen de coeficiente intelectual. Las misses que están ahí se han pasado los últimos años de su vida enfocándose en su cuerpo, no entiendo la verdad por qué nos empeñamos en que a última hora también parezcan inteligentes.

Todas están en la universidad, algunas (muchas) estudiando incluso carreras mucho más complejas que la que yo estudié. Pero eso no es garantía de inteligencia. Tengo excompañeros (as) de clase que todavía me preguntan si los ministros son elegidos por voto popular o si un paramilitar es miembro de la guerrilla.

Como decían en una serie de los 90, dejémonos de vainas. Dejemos de exigirles que sean bonitas e inteligentes y más bien entonces partamos el reinado en dos: por un lado las niñas pilas, dispuestas a responder cualquier pregunta; y por otro, las bonitas, puestas ahí para que lo sean y ya.


Les adjunto la carta que me llegó al correo.


Querida Bloggeera de CORAZÓN



Asumo que no pasaste ni por el canal del reinado. A mí sí me tocó, por trabajo y por curiosear a ver si la señorita Valle quedaba de algo.

Obvio que no quedó, ni su vestido negro ‘sueltico’ le escondió la cadera. Creo que al final ella no era tan poco acomplejada…

El caso compañera es que es necesario que te hagas un blog sobre ese esperpento de acto!!!

“No les deberían preguntar nada. Qué oso!!!!!”, dijo mi jefe y tiene razón. Una dijo q no le cambiaría nada a los hombres porque así eran perfectos!!! (Si fuera Dios) la otra dijo que a las mujeres les dejaría educación (nos dijo maleducadas) que para tener un hogar fuerte ….la otra insinúo que los extranjeros deberían venir al país por las reinas...(sonó proxeneta y todo), por la gente y los mares…

De las otras prefiero no acordarme la verdad….

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cadera Real


Soy una gordita. Frank Solano le dijo ‘gordita’ a la Señorita Valle por tener 102 centímetros de cadera y yo los tengo, entonces soy una gordita.

El proceso para aceptar que lo soy, llegó después de que, tras un almuerzo con ‘Jorge’, él me hiciera prometerle que iba a hacer abdominales diariamente de ahora en adelante, por considerar que el sobrante de mi estómago le restaba todo lo sexi al escote del vestido morado.

Con todo y trauma el resto del día no pude comer más. Llegué a la casa sobre las diez de la noche, con disposición de salir a patinar para bajarle a la barriga, me puse los pantalones de correr y agarré al Marrón, ambos dispuestos a dejar atrás nuestras vidas con panza.

Fue entonces, justo antes de ponerme el primer patín, que vi el metro rosado de Lula sobre mi Biblia. Para ser sincera, que estuviera el metro rosado sobre mi Biblia rosada, me pareció un mandato divino. Lo agarré entonces y aprovechando que tenía ropa para hacer ejercicio, tomé el metro y examiné las posibilidades: saber cuánto mide en pulgadas o en centímetros. Qué dilema.

Al ‘tin marín’ decidí que sería en centímetros. Rodeé mi cuerpo con el plástico rosado, y empecé a buscar el centímetro en el que se detendría, en el que frenaría sin sentir que me estaba apretando, dejarlo suelto como si me estuvieran tomando medidas para hacerme un vestido de cumpleaños, como en los tiempos de vivir con mi mamá.

La verdad es que para mí fue una sorpresa feliz darme cuenta que mi cadera mide lo mismo que la de la Señorita Valle. Fue feliz el momento en que me enteré que también yo soy una gordita, y que probablemente me tocará poner una tutela para participar en el Concurso Nacional de Belleza.

Me declaro feliz de poder comer pan, por hacer locha comiendo Detodito Mix y chocolatina, por quedarme a dormir hasta tarde sin necesidad de pensar en el gimnasio. Amo mi cadera de Señorita Valle.

Una foto en la que se me ve mi cadera, el último día que vi a mi amada Violeta.

Nota: este blogazo se llamaba 'cadera de Señorita Valle'. Sin embargo, la última adquisición fotográfica de El Periódico, Felipe Rincón, me recomendó este otro título cuando íbamos para una entrevista. Me pareció mucho más inteligente.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Estar enamorado es....

Mi mamá tenía la maña de escuchar música para aplanchar en escenarios variados, por ejemplo, mientras me hacía el almuerzo o cuando se bañaba: a todo pulmón los temas de Abba, Raphael, Miriam Hernández, Pimpinela, los Bukis, Yuri, Ana Gabriel, Daniela Romo y Juan Gabriel.

Por ese motivo las canciones de plancha todavía acompañan diferentes momentos de mi vida, salen como soundtrack de mi cabeza en cualquier momento. Hoy, por ejemplo, escuché de fondo 'estar enamorado es' de Raphael, mientras 'Jorge' me entregaba el regalo que me trajo de su último viaje: dos manillas.

No estoy enamorada de él, ni más faltaba. Pero ver a un hombre que regularmente es tan 'Grinch' conmigo, haber pensado en traerme un regalo después de no pocos kilómetros de viaje, aún después de ni haberme llamado, de haberse olvidado de mí durante toda esta aventura, fue una experiencia profundamente "enamoradora".


Homenaje a 'Jorge'. Perdón por no haber terminado la historia de sus zapatos.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La confabulación de los planetas

Me decía Alan Jara, un día que nos estábamos tomando un tinto humeante para que nos bajara el calor, que para que un secuestrado se escapara y llegara vivo, necesitaba que se alinearan los planetas.

La reportera estrella de este blog, que acaba de chicanear que toma tinto con un ex secuestrado, se dedicó a buscar hechos reales que necesitaron alineación de planetas para que ocurrieran. La reportería incluso devino en observación participante, una muy dolorosa observación participante.

Ayer estaba en la oficina de prensa de Senado. Rodrigo Silva me había dado mi ya tradicional beso de saludo con la frase "hola, amiga de Facebook", Eduardo me había pedido la cuota de dulce, a la que casi nunca fallo y Germancito me había echado algún piropo de hermano mayor.

Me senté cerca del televisor y me dispuse a escribir. El entusiasmo por las letras me duró poco, porque no pude evitar concentrarme en el partido de fútbol que todos estaban viendo: un montón de negritos celebraban un gol de Colombia.

Esa fue la primera confabulación de los planetas, que me hizo pensar en la situación: el tipo con camiseta de Colombia se tropieza y el balón va entrando despacito y la tribuna de negros nigerianos gritan gol. Yo, que no disfruto ver el fútbol estaba viendo esa vergüenza de gol, para horas después leer en los periódicos que la sub17 había llevado a cabo un juego esplendoroso.

La segunda, que sucedió antes que la primera, me la contó Miguel Cáceres, roquero los fines de semana y periodista de Cancillería de lunes a viernes.

Estaba viendo otro partido de fútbol. Teniendo en mente que todavía podría ver a la Selección en Sudáfrica, celebró con tanto entusiasmo un gol que le hizo Colombia a Chile o Ecuador (no recuerdo), que su Iphone salió volando desde el bolsillo de la camisa directamente a estrellarse con el piso. No quedó nada de la pantalla touch, ni la entrada al Mundial.

Mis confabulaciones

La primera de las confabulaciones, que ocurrió antes de todas las anteriores temporalmente, me pasó a mí, después de haberme quedado dormida en una buseta desde el centro a la Floresta. Un frenazo de la buseta hizo que mi nariz se estrellara directamente con la silla de adelante: hace días no lloraba con tanto entusiasmo, ni aún picando la cebolla para los huevos en la mañana.

La otra, que ocurrió antes del gol y después del golpe al teléfono de Miguel, fue cuando me senté a escuchar a Sergio Fajardo. Primero me sentí muy estúpida porque ningún colega estaba cerca. Luego se me sentó al lado un sujeto que se me hacía conocido por alguna razón, pero a quien no podía relacionar con nadie. Después de un rato de análisis me di cuenta que estaba hablando con el hijo de Luis Eladio Pérez.

La verdad, me sentí muy tentada a preguntarle si le decía ‘mami’ a Ingrid, pero me pudo más el pudor. El tipo me habló con mucha confianza, hasta que le confesé mi profesión. Hasta ahí fui la amable asistente al evento de Fajardo: los planetas salieron corriendo de la confabulación y se llevaron con ellos al hijo de Pérez. Manada de cobardes.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Los tiempos de escaladora


Encontré en mi correo esta crónica, que escribí hace por lo menos un año y medio. La monto a pedazos y espero también, fragmentados comentarios al respecto.


Primero me conseguí al amigo: se llama Javier, es escalador y montañista apasionado, de los que ve un frailejón aporreado y deja entrever en sus ojos un brillo lloroso, que genera un sentimiento como de solidaridad en quien lo mira. Después de conocido Javier, era cuestión de tiempo visitar junto a él y su equipo Carburando, una de tantas montañas colombianas. Su favorita en particular es el Volcán Nevado del Tolima, en Ibagué, donde entrenan muchos de los colombianos que luego visitan el Everest.

Con más de una decena de horas de camino por delante, y como un quiz sorpresa, me dice que vayamos, que el camino es duro, que hay muchas cascadas y que en la segunda parte del camino hay raíces a manera de escalones; como postre me ofrece escalar en nieve, con crampones y piolet (garras y martillo afilado). Y yo, enamorada eterna de la montaña, digo que si, apelando a mi voluntad de puta, en el buen sentido: escaparme un poco de mi realidad de provinciana-citadina.

Llegó finalmente el día en que la promesa se hizo tangible. Pasaron tres o cuatro horas de sueño en un bus hacia Ibagué, donde hace calor pero no a la madrugada, y menos cuando se tiene que esperar al tercer elemento del viaje: un chico rasta con el cabello hasta la cintura, escritor de algunos de los cuentos cortos más conmovedores que he leído en mi vida y que responde, entre muchos otros, al nombre de Felipe.

Felipe llega a eso de las nueve de la mañana, cuando daba yo el último mordisco a mi empanada trasnochada y grasosa de terminal. Dos horas después, y con el constante olor a leche fresca, despertaba ya de un sueño empedrado cerca de El Silencio, desde donde mis pies, estrenando botas moradas, debían prepararse para las en extremo agitadas horas de camino que los esperaban.

En el Rancho, que nos sirvió de casa durante dos noches intermitentes, nos recibe con sonrisas Paula, hija de los agregados nuevos, y que, por la lejanía de su hogar en medio de un maravilloso cañón, cuenta con amigos sólo cuando intrépidos turistas se atreven a desafiar lo escarpado de la montaña. Debe tener unos seis años, y disfruta mucho de las lentes de las cámaras.

A la mañana siguiente, madrugando como buen guerrero, trepo mi maleta al hombro: me quedó un poco mal empacada, la espalda se asemeja a una esfera imperfecta, pero no me quejo. Si estoy en la montaña, nada en puede afectar ese sentimiento de felicidad.

Cuando el cansancio me acosa pienso en una canción de plancha o en una de con aires pop, me imagino bailando con mi disfraz de Olivia en la casa de alguna amiga de la adolescencia, y así van pasando frente a mis rodillas levemente lastimadas todas las maravillas de Raíces, Tierra de Gigantes y Piedras Lisas.

Cada tramo del camino apela a la mínima abstracción: Raíces pareciera un complot de la montaña, donde todos los árboles buscaron arraigarse al inicio de esta, y bajaron sus interminables tentáculos para evitar que lo más flojo de la ciudad disfrute de lo que viene más arriba. Tierra de gigantes es un pequeño premio para quienes superaron triunfantes la escalada inicial: hojas de árboles que doblan en tamaño a todo aquel que se atreva a mirarlas, árboles que confunden sus copas con los rayos del sol y troncos caídos que sacrificaron sus vidas para que otros se alimenten de ellos. Piedras lisas es el gran patinódromo, imagino aquí a los riachuelos agarrados con fuerza de las piedras, para desafiar a las botas que se jactan de tener suelas antideslizantes.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ya sé por quién voy a votar

Después de haber salido a almorzar con alguien a quien llamaremos 'Gilberto', me di cuenta de que va a ocurrir lo indeseable, lo inevitable: voy a votar por Uribe.

La conclusión salió después de una búsqueda por varias cuadras en la Floresta, de un lugar decente para almorzar. Trabajamos en una zona industrial, lo que hace inevitable que un lunes festivo los almorzaderos tradicionales, en donde ya saben que yo no como carne y donde me dicen 'mamita', estén cerrados.

Los fines de semana, por esa razón, siempre prometemos traer almuerzo. Nunca lo hacemos. Con Gilberto tenemos la misma discusión cada fin de semana, porque hay un restaurante horrible donde la comida es pegajosa, grasosa, medio babosa también. Él se niega a entrar, yo insisto; luego yo me niego, él insiste, y finalmente terminamos entrando los dos.

Hoy estábamos hablando sobre el futuro. Íbamos incluso por la calle cantando canciones para subir el ánimo y hablando mal de los amigos que tenemos que disfrutan de las depresivas canciones de 'Camila' o 'Sin Bandera'. Ese sentimiento que debió habérsenos pegado por lo del aniversario de la caída del Muro de Berlín, nos hizo también prometernos que este fin de semana, al fin, no comeríamos en aquel restaurante horrible.

Dimos vueltas por un lado, por el otro. Preguntamos a los vecinos, indagamos desde los andenes y nada. Después de por lo menos 20 minutos tras el restaurante ideal para un lunes festivo, nos dimos cuenta que tendríamos que ir, por falta de propuestas mejores, al consabido restaurante de la comida no grata.

Cuando iba entrando me llegó un frío de muerte: a pesar de mis buenas intenciones, la cosa se quedó ahí por falta de opciones. Terminé almorzando la comida que tanto he criticado y lo peor, me supo bien a fin de cuentas. Relacioné el evento de inmediato con la segunda reelección: a falta de propuestas puedo estar votando por la opción más fácil de encontrar: Álvaro Uribe Vélez, el mismo que nos pidió dejar el "gustico" para el momento del matrimonio.

Gilberto, por su parte, me dijo que votaría por Petro. Espero que no lo haya relacionado con el plátano a medio asar.

**Nunca -a diferencia de otros ahora 'antiuribistas'- he votado por Uribe y hasta el momento prefiero dejar de ejercer mi derecho, a cometer semejante despilfarro de "democracia".


Enseñanza de hermana mayor. La copio tal cual me llegó:

una vez en mi casa había una guaca enterrada...es cierto, mi nona contó esa historia mil veces. Cuando le pegaban al suelo retumbaba la caja entre la tierra, mientras más se le pegaba al piso, la caja se hacía más cercana...hasta q una muchacha q mi nona tenia se subió a la escalera y dijo: allí no hay ninguna hp guaca, lo q hay es mierda...acto seguido, la guaca desapareció...como si la caja se hubiese desvanecido...moraleja: las cosas que en la vida son mágicas y son retos, son un acto de fe total...

así q no vuelva a decir estupidecesssssssssssssssssssssssssssssssss (Lula)

domingo, 1 de noviembre de 2009

Las canciones ñeras que me gustan

La foto es del sitio donde uno puede escuchar estas y otras canciones, siendo universitario, en Pereira. Punto de encuentro entre el conocimiento, el despecho y la ñerada.

Para ambientar la escritura de este artículo, tengo como musicalización una de mis canciones de despecho favoritas: 'Querida' de Juan Gabriel. (Acepto que lo escribo porque Jonhy Rivera, uno de mis ídolos en este sentido, me mandó saludes).

Ni aunque quisiera echarme de enemigas a todas las mujeres que se hicieron madres a principios de los ochenta, podría decir yo que Juan Gabriel es un hombre ordinario o, peor aún, ñero.

Sin embargo, con una canción que dice "mira mi soledad, que no me sienta nada bien", el buen bailarín de Juan Gabriel sí queda a la par de otras canciones (éstas sí) ñeras, unidos todos por el género de despecho.

El despecho está tan subvalorado, dejado a los más llevados de la ciudad, que a veces siento que me lastima que las cosas sean así: a los que carecen de clase, dirán unos; a los fracasados en el amor, dirán otros; a los que gustan de beber hasta perder la conciencia, asegurarán otros más.

Pero yo seré hoy -tal vez no mañana, tal vez no en un mes- la redentora de este género, al que considero una rica fuente de canciones para aprenderse y luego hacer reír a los amigos, familiares, novios, colegas o conquistes con la combinación de ‘pero usted no tiene cara de saberse eso’. A mí sí me gustan las canciones de despecho, me las disfruto y las pongo de vez en vez en el trabajo, so pena de recibir comentarios como "usted si no niega la tierra, ¿no?".

Aquí van, las canciones ñeras -de despecho- que me gustan.

La campeona de todas, que canto aunque esté en una buseta o recién empezando a salir con un sujeto, es 'mis ojos lloran por ti'. Quién no se sabe, "jugastes con mi vida y ahora me pregunto por qué, por qué tuve que enamorarme de ti".

Ese jugastes, con la ‘s’ que le sobra, llenó los inicios de mi adolescencia de sentido: no fue fácil aprenderme esa cantidad de frases que el tipo se la pasa rapeando, sobre todo porque el aire se le va a uno acabando y nadie le enseña cómo recuperarlo para seguir con la siguiente oración. El caso es que la he cantado no solo de pura payasa, también la he sentido y hasta lagrimeado con ella, "mi corazón te extraña y no lo puedo controlar": no hay verdad más cierta en un momento de despecho profundo, de ese que cala en los huesos.

Tierra adentro

Ver novelas no es precisamente uno de mis pasatiempos favoritos. Sin embargo, aunque no me guste verlas y en general la televisión me moleste, tengo que aceptar que hay una banda sonora de una nueva producción de Caracol que me tiene atrapada. La canción dice que quiere ser una “reina de Miami a New York”, y luego que quiere yates, cartera, que quiere un hombre rico pa’ que la mantenga, además de todo lo que se pueda conseguir con una mini uzi.

Alguien incluso me aceptó hace poco que la canción era "pegajosa". Por mi parte no la subvaloro de esa forma, para mí la canción resume las fantasías carnales de muchas mujeres. Pero eso dará para otro tema.

Me gustan las canciones de Jonhy Rivera. No para comprar un álbum, ir a un concierto o pedirle un autógrafo, pero sí para cantarlas. El sujeto en sí me parece una invitación a disfrutarse la vida a pesar de carecer de beneficios. Hoy me mandó saludes y yo fui la mujer más feliz del mundo, como cuando nos lo encontramos en Eldorado con Lula, el año pasado.

Sus canciones son tan fáciles de aprender que me las sé casi todas: “soy un hombre soltero, no tengo compromiso”, es una de las más populares, tanto así que mucha gente reconoce de quién le hablo cuando tarareo ese fragmento. “Por más que ruegues y me pidas, que no te llame”, es el reflejo de lo que a mí tanto me molesta en las relaciones (toca escucharla para entender).

El tipo es un éxito con su música de despecho, casi tanto como Big Boy; o quién se va a atrever a negarme que cuando uno está con ese sentimiento de querer volver con el ex, pero el ex lo trata a uno como si uno tuviera algo peor que lepra, no siente que le sale “aunque el tiempo ha pasado y dejamos de vernos, yo siento aquí a mi lado, tus caricias tus besos”, que canta al lado de otro personaje más o menos igual de particular, Lady Yuliana.

NOTA: Seguramente muchos de ustedes ya habrán vivido cosas como estas, disfrutándolas con timidez. Hay que dejar que el ñero que uno tiene adentro salga a flote, y se disfrute cada estrofa de estas canciones diseñadas para sentirse felizmente miserable.